lunes, 17 de enero de 2011

Señales II

Hoy me tocaba cita con el dentista. Si digo que iba temblando, no exagero nada. Los médicos de por sí no me caen simpáticos, pero es que los dentistas, me dan escalofríos. Y esto es porque cuando era pequeña, tuve una experiencia malísima. De los 9 a los 13 estuve batallando con ortodoncias y demás torturas varias traumatizantes. El día que me quitaron todos los aparatos, fue el último que pisé una consulta de dentista, a pesar de que ellos me esperaban para seguir otros tratamientos que todavía necesitaba. Y es que con los dentistas ya se sabe, vas para una cosa, y te sacan cien más, y claro, según ellos, son igual de importantes que lo que te llevó a consulta en un principio.
El caso es que desde que salí de consulta aquel día que me quitaron los aparatos infernales, no me volvieron a ver más el pelo. Años después, con veintitantos tuve que volver porque me moría de dolor y ya no aguantaba más, que sino ni loca. El caso es que me hicieron una endodoncia, y me pusieron una funda de porcelana. Como es de esperar, cuando terminaron con la labor, desaparecí y no volví más.

¿Y todo este rollo que he contado a qué viene?, pues viene a que, esa misma muela que me enfundaron, tiene una infección espeluznante y he tenido que regresar al dentista. El diagnóstico no es nada alentador: o me hacen una reendodoncia o al cirujano... bonita papeleta me espera ahora...

En fin, que después de "ponerme mala", hay una cosa que salva todo lo demás: el doctor.
Según iba yo entrando a la consulta, iba rezando todo lo que sabía. Una vez que cerré la puerta tras de mí, el doctor me saludó:
"Buenos días, ¿Cómo está?" y ahí se me encogió el estómago. Ese acento me es tan familiar...
Paralizada, pero ya no de miedo, sino de estupefacción, fui incapaz de reaccionar.
"—Siéntese, por favor" me invitó amablemente con una sonrisa. Obedecí por inercia, ya que mi mente estaba ocupada en otra cosa.
"—¿Cómo es posible? —me pregunté—. Había una probabilidad entre 100.000 de que mi dentista fuera casualmente peruano!...


De verdad, que hay cosas que nunca entenderé...


El caso es que, el hecho de que mi doctor sea peruano, me tranquilizó "misteriosamente" y dejé de temblar. Incluso cuando me revisó y me dijo con una sonrisa que estaba para regañarme, no me dieron ganas de saltar de esa silla de tortura china y salir huyendo despavorida. Ni siquiera cuando me explicó que iba a ser un proceso largo y complejo. Ni siquiera cuando vió mi radiografía y me dijo intrigadamente divertido que yo era muy curiosa porque tenía una muela del juicio más de las normales. Y es que normalmente, la muela del juicio es la octava, y yo tenía una novena después de esa. A lo que yo respondí "-anda, mira, tengo doble juicio" haciéndole sonréir con esa tontería que luego no me explicaba cómo narices pude soltar.
El caso es que, después de todo, no puse pies en polvorosa cuando supe que la solución iba a ser larga y tediosa. Curioso, curioso...

Tal vez sea por su voz suave y relajante, por la forma dulce de tratarme, por su gesto amable, por la forma de explicarme las cosas tan profesionalmente (cosa que me dejó sorprendida, porque no estoy acostumbrada a este trato y no sabéis qué tranquilidad y qué gusto da saber que estás en manos de alguien profesional que ama su trabajo y no está ahí porque no tiene más remedio), o quizá porque su acento me resulta tan familiar que me tranquliza; pero el caso es que, creo que a partir de hoy, no iré a ningún otro dentista más. Ya encontré el mío.


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