lunes, 13 de febrero de 2012

¿Siempre tienes que tener la última palabra?

Hace semanas que mi cerebro no da señal de actividad, pero tengo que estrujarlo para poder escribir algo esta semana con mi frase. La ocasión y El Cuentacuentos lo merecen, aunque no prometo gran cosa.
En esta ocasión he querido continuar una historia que escribí hace 4 años y a la que os dejo este enlace. Realmente no es preciso leer la primera parte para entender esta segunda, son complementarias pero perfectamente válidas por separado. Sin embargo, si decides leer la primera parte, siempre lograrás entrar mejor en situación ;)


Número 3


—¿Siempre tienes que tener la última palabra? —le preguntó el joven visiblemente molesto.
—Obvio —respondió. El muchacho giró la cabeza hacia su izquierda y miró sobre su hombro con expresión sorprendida tal y como lo demostraba su ceja exageradamente levantada— No sé por qué te sorprende tanto, Sigmund. Sabes que es así.
Sigmund relajó la expresión de su rostro y, dejando escapar una leve sonrisa, volvió a mirar al cielo mientras le daba otra calada a su cigarrillo.
—No entiendo por qué no puedo tener un ángel y un demonio como todo el mundo. Un ángel que me diga qué es lo correcto y que aparezca al otro lado cuando tú lo haces.
—Vamos, Sigmund, no digas tonterías. ¿Para qué querría alguien tener un ángel a la derecha que siempre está dando la brasa? no es divertido.
Sigmund observaba las nubes que, empujadas por el viento, se desplazaban lentamente por el cielo. Algunas le recordaban vagamente formas ya conocidas. Sin embargo pensó que aquello era producto de su imaginación, alimentada por el cigarro que se estaba fumando.
Las vías del tren comenzaron a vibrar delicadamente, haciéndole cosquillas a Sigmund en la nuca. El muchacho permaneció tumbado mirando las nubes, mientras daba otra calada más.
—Debería tener dos puntos de vista en lugar de sólo el tuyo. Cuando tomas una decisión se supone que tienes que elegir entre dos opciones, y no se puede elegir si te dan una sola opción, ¿verdad? —dijo Sigmund con la vista fija en las nubes mientras su mente trataba de formar la silueta de un centauro recogiendo la ropa del tendedero.
—Venga ya, Sigmund, sabes de sobra que tú no eres como todo el mundo. Ellos tienen la oportunidad de elegir entre dos opuestos, pero tu balanza sólo se equilibra hacia un lado —le respondió el demonio.
—Lo sé —dijo el muchacho dando otra calada—. Pero aún así me gustaría poder escuchar otra opinión más, aparte de la tuya.
—¿Para qué querrías tener la opinión de dos demonios? es absolutamente innecesario, créeme.
Las vías del tren vibraban ahora con más intensidad mientras que, a lo lejos, un silbato anunciaba la próxima llegada del tren. Sigmund dejó escapar una media sonrisa de sus labios al mismo tiempo que repitió:
—Absolutamente innecesario —expulsando lentamente el humo de sus pulmones—. Tan innecesario como la materialización de un demonio sobre mi hombro izquierdo. Después de todo, sólo puedo elegir un camino.
El demonio parpadeó unos instantes tratando de buscar una réplica, pero al no hallar ninguna, exclamó:
—¡Maldición!... siempre tienes que tener la última palabra —y acto seguido se desvaneció sin dejar rastro.

La inminente llegada del tren se confirmó cuando éste hizo sonar su silbato para alertar a un joven que yacía tumbado sobre las vías fumándose un cigarro.
Sigmund volvió su cabeza hacia la derecha, vio aparecer la silueta del tren aproximándose rápidamente y, de nuevo, regresó la vista hacia las nubes mientras daba la última calada a su cigarro. Esta vez estaba seguro de haber visto al centauro recoger un voluminoso sostén del tendedero para probárselo. Le pareció tremendamente gracioso y rió sonoramente al mismo tiempo que el humo salía descontroladamente de su boca. Luego, aplastó el cigarro contra el travesaño de las vías y cerró los ojos segundos después de que el tren volviera a accionar su silbato por última vez...

Sin embargo, nada ocurrió...


La vibración de las vías se había detenido completamente, el ruido se había extinguido, y hasta el aire parecía haberse paralizado.
Sigmund abrió los ojos lentamente. Las nubes en el cielo se habían quedado inmóviles. Extrañado, giró la cabeza hacia la derecha y pudo observar que el tren también se había quedado inmóvil. Todo parecía estar congelado, como en una fotografía. El muchacho frunció el ceño y giró la cabeza hacia la izquierda. Entonces lo vio. Un hombre menudo caminaba apresuradamente hasta el lugar donde se encontraba él. Entre sus manos sostenía una carpeta negra.
—Mierda —exclamó Sigmund entre dientes al fijarse en la carpeta, mientras dejaba caer pesadamente los ojos con expresión de fastidio.
El hombre menudo se aproximó a él andando torpemente, y el muchacho se incorporó. Por un instante le había cruzado por la mente la idea de huir, pero Sigmund sabía que acabaría siendo inútil, así que suspiró con resignación y aguardó pacientemente a que el hombre menudo comenzara a hablar.
—Gra... gracias por ha... haberme esperado —dijo
 entre jadeos tratando de recuperar el resuello.
—Ya, claro. Como si tuviera otra alternativa— respondió secamente Sigmund sin apartar la vista de la carpeta negra.
—Me... me llamo Gabe— se presentó tendiéndole la mano.
—Lo sé —contestó Sigmund ignorando la mano de Gabe. Éste tardó unos segundos en reaccionar y finalmente se llevó la mano a la boca al mismo tiempo que carraspeó para aclarar su voz.
—Bien, antes de nada, déjeme decirle que es un honor conocerle, número 3. Cuando me encargaron la misión de encontrarle, supe que valdría la pena solamente por tener el honor de conocerle...—Gabe interrumpió su frase al darse cuenta de que estaba hablando demasiado. De nuevo, se llevó la mano a la boca y carraspeó— su... supongo que ya sabrá por qué he venido.
—Tengo una ligera idea —ironizó Sigmund.
Gabe, intimidado, decidió no decir nada más y abrió su carpeta negra para buscar la carta que debía entregarle al muchacho. Gabe, nervioso comenzó a revolver papeles incapaz de encontrar el documento en cuestión. Sigmund, cerró los ojos y se pasó la mano por la cara, de arriba a abajo mientras luchaba por contenerse ante tanta estupidez. El olor a tabaco que aún permanecía en sus dedos, le reavivó las ganas de encenderse otro cigarro y mientras Gabe seguía removiendo papeles, comenzó a buscar su paquete de tabaco palpando en todos los bolsillos de su pantalón. Finalmente, Gabe encontró la carta y se la ofreció al muchacho, quien se dispuso a leerla al mismo tiempo que seguía palpando en busca de su tabaco. A medida que Sigmund avanzaba en la lectura, su expresión se tornaba cada vez más seria, hasta que dejó de buscarse el tabaco, quedándose totalmente absorto.
—Olvídalo, no pienso hacer este trabajo —dijo finalmente Sigmund cuando concluyó su lectura.
—Bu... bueno, no esperábamos que se hiciera cargo de este asunto sin ningún tipo de recompensa por ello —respondió Gabe.
—Paso, Gabe. Dile a ella que paso. Buscaos a otro —concluyó el muchacho arrugando la carta hasta convertirla en una pelota de papel, la cual arrojó bien lejos.
—He sido autorizado para comunicarle que se le aplicará una reducción de su condena si acepta el trabajo —dijo Gabe rápidamente antes de que el muchacho se le escapara.
—¿Una reducción de mi condena? JAJAJAJAJAJ. Dile a ella que pierde el tiempo ofreciéndome tratos tan inútiles como ese —dijo Sigmund y, acto seguido, se dio la vuelta y comenzó a andar.
—¡Espere! sabíamos que esto podía ocurrir, pero si no quiere una reducción de su condena, podemos aplicar la reducción a la condena de otro miembro! —Sigmund se detuvo en seco. Lentamente se dio la vuelta y permaneció en silencio observando a Gabe mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Gabe sacó de su carpeta negra otro documento y se lo acercó a Sigmund quién lo recibió, lo leyó, y permaneció en silencio un largo rato. Tras un tiempo que a Gabe se le antojó eterno, éste decidió romper el incomodo silencio y le preguntó a Sigmund: —¿No... no va a decir nada?
El muchacho levantó la vista y clavó sus ojos en los de Gabe.
—Sí —respondió Sigmund— ¿Tienes un cigarro?





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6 comentarios:

Utopia de sueños dijo...

Me quedan varias dudas tras leerlo, sobre el numero 3. Voy a leer el otro relato a ver si se me aclaran.

Me gusta.

Un abrazo.

www.utopiadesueños.com.es

Carlos dijo...

Recomiendo leer la historia desde el principio, casi que una novela que se hace corta tras leerla.
Y sonará a chiste pero me quedo con tu historia antes que toda la parafernalia de Ángeles y demonios con sus efectos especiales y merchandising de rutas por catedrales y ciudades.
Es, lo diré siempre, la magia de las palabras, basta tan solo un momento de concentración, una pizca de tiempo, un poquillo de imaginación y la lectura hace lo demás.
Sí, Gabe puede respirar tranquilo.

Un abrazo!

*Aquí con la ley antitabaco sería imposible escribirla :)

María Sur dijo...

Menuda historia. NOs mandas a todos directamente a leer la primera parte. Me encanta! A ver de donde viene todo esto. Luego te cuento....

María Sur dijo...

Ya estoy de vuelta. Me encanta la historia Malena, pero tengo la sensación de que me faltan los lazos de unión. Dejas demasiado a mi imaginación y también las ganas de saber más cosas. Este es el caso de esos relatos que merecen seguir siendo contados porque enganchan muchísimo.
Un abrazo

El mundo de Yas (Andrés) dijo...

Bueno, es una muy buena historia, angeles y demonios, dialogo. Felicitaciones. Mundoyás.

Juan dijo...

Hola

Al fin he tenido tiempo de pasarme un rato por aquí.

He leído tanto esta historia como la anterior a la que te referías. Ambas están muy bien, muy bien llevadas, con un aire de misterio muy adecuado. Los finales quedan muy abiertos... piden continuación :-).

Un saludo.

Juan.