En fin, al menos así podré decir que escribí una historia cortita alguna vez en mi vida xD. Lo que también me sirve para superar el desafío de escribir algo con menos de 800 palabras.
En cualquier caso, esto es lo que ha resultado:
—Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma…
—Nunca has sabido mentir, hermano —sentenció Termés incrédulo.
El recién coronado rey Séovir miró fijamente a su hermano mientras la guardia real, que custodiaba la puerta de entrada a la sala del trono, se agitó nerviosamente.
—Querido hermano, entiendo que mi nombramiento te haya tomado por sorpresa, pero esa no es razón para que dudes de mi palabra. Recuerda que soy tu rey y la palabra de un rey no se cuestiona —Termés apretó fuertemente sus puños y, al percatarse de ello, Séovir dejó escapar una sonrisa sibilina de entre sus finos labios—. La repentina muerte de padre, ha sido un duro golpe para todos —continuó— pero su voluntad ha quedado clara y debo cumplirla. Yo soy el primer sorprendido con mi nombramiento, pues siempre estuve seguro de que serías un digno sucesor al trono… sin embargo, no me corresponde a mí cuestionar los deseos de nuestro difunto padre. Y tal y como él nos enseñó, debemos aceptar con honor las responsabilidades que se nos otorgan.
Al escuchar a su hermano nombrar a su padre, Termés sintió cómo la rabia se extendía con rapidez por sus venas, calentándole la sangre a su paso.
De repente, una joven de largo cabello castaño y piel marmórea, irrumpió en la sala con paso apresurado.
—Mi señor —dijo llegando hasta ellos e inclinándose a modo de reverencia—. He acudido en cuanto he recibido vuestra misiva.
Termés relajó sus puños y permaneció en silencio observando a la joven. Ella se percató de que los ojos de él estaban puestos sobre ella y, nerviosa, se obligó a no apartar la vista del rey.
—Mi querida Maewen, acércate —dijo Séovir extendiéndole la mano. La joven recogió con gracilidad su voluminoso y pesado ropaje y subió lentamente los peldaños de terciopelo rojo que la separaban del trono real. Cuando hubo llegado a su altura, asió delicadamente la mano del rey y éste sonrió —. Estáis tan hermosa como siempre.
—Soís muy amable, majestad —respondió Maewen cortésmente aunque incómoda.
—Te preguntarás por qué te he mandado llamar con tanta premura, Maewen. Pues bien, te lo diré. Vos sabéis que todo rey, debe compartir el trono con una reina... —un escalofrío recorrió a Maewen, quien, incapaz de articular palabra alguna, permaneció muda—. Estoy seguro de que harás honor al trono y serás la digna reina que todos esperamos.
El silencio se adueñó de la sala cayendo como una pesada losa sobre los allí reunidos. Maewen supo controlarse para que, en su rostro, no se atisbara ni un ápice del temor que sentía en aquel instante. Sin embargo, no pudo evitar que sus ojos buscaran desesperadamente los de Termés. El joven, incapaz de apartar la vista de su hermano y temblando de ira, sintió como si un hierro caliente le atravesara lentamente las entrañas.
—No puedes pedírselo a ella —objetó Termés.
—¿Osas decirle al rey con quién debe casarse? —preguntó Séovir con tono ofendido, incorporándose lentamente del trono.
La guardia volvió a agitarse nerviosamente.
La guardia volvió a agitarse nerviosamente.
Termés miró de soslayo a Maewen. La joven, aterrorizada, le suplicó que guardara silencio con un leve gesto negativo de su cabeza. A Termés le conmovió que, incluso en los momentos más terribles, ella siguiera estando increíblemente hermosa. Entonces, Termés relajó la expresión de su rostro y se serenó recuperando el control de la situación.
—Ella no pertenece a la realeza. El rey sólo puede desposarse con una princesa—arguyó astutamente Termés.
—Oh…—se lamentó Séovir de no haber tenido en cuenta ese detalle, mientras su mente trabajaba a toda velocidad —. Pero eso es tan injusto... como rey, publicaré un nuevo decreto para que la futura reina pueda ser cualquier mujer que el rey elija, aunque no tenga sangre real.
Convencido de que esta vez se había salido con la suya, Séovir sonrió maliciosamente. El ánimo de Maewen cayó derrotado mientras sus ojos se cerraban pesadamente y su pecho se hundía con una profunda exhalación. El único que pareció imperturbable, fue Termés, el cual, dejó escapar una inquietante sonrisa mientras pronunciaba sus últimas palabras:
—Esto no acaba aquí. Volveremos a encontrarnos, hermano.
Y repentinamente, de la nada, una densa nube de humo negro comenzó a formarse bajo los pies de Termés, que fue engullido por la negrura en cuestión de segundos, dejando perplejos a todos los presentes.
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